Fui un iluso
Me llamo Juan Pablo. Soy chileno y vivo en Santiago.
En 2006 entré al sector público como asistente administrativo. Tenía veintitrés años, ganas de aportar algo a mi país y la ilusión de ir subiendo en el escalafón.
Fui un iluso.
Tardé años en entender una cosa incómoda: en el sistema real, ser un buen empleado, estudiar por tu cuenta o caerle bien al jefe pesa mucho menos que las redes de contacto, el apellido o la suerte.
Y ahí me di cuenta de que estaba perdiendo la vida en piloto automático. Te sientas frente al computador, tecleas, tecleas, y esperas a que llegue el día siguiente.
Mientras veía a compañeros subir de grado, yo esperaba a que alguien viniera a decirme una frase:
—JP, lo haces tan bien, te mereces subir.
Ese día nunca llegó.
La frase
En 2015, cruzando publicaciones en Instagram, me topé con una que estaba sin autor:
«No sufras con lo que no puedas controlar.»
Empecé a encajar las piezas a la fuerza. Si mi jefe no me sube de grado, es algo que no puedo controlar. Si un compañero me trata mal, tampoco. Si mi pareja decide terminar la relación, tampoco.
Y entonces lo llevé a mi casa. Durante años cargué el dolor ajeno: me torturaba pensando en el maltrato que sufrió mi padre de niño y en lo dura que había sido la vida de mi madre.
De pronto entendí la regla: eso pasó hace décadas y ya no lo puedo controlar. La vida es de dulce y agraz.
Lo que cambió
No me ascendieron por leer a Epicteto. Lo que pasó es que dejé de esperar sentado: un año después entré a la universidad, me titulé y subí de puesto.
Pero lo importante fue lo de mi casa. Dejé de cargar el dolor de mis padres como si fuera mío, y mi relación con ellos cambió.
Por qué escribo esto
Un día quise saber de dónde salía la frase que me había liberado. Estudié administración de empresas en la universidad y estoicismo por mi cuenta: sin aulas de filosofía y sin doctorado.
Y encontré algo que no esperaba: casi todo lo que se repite sobre los estoicos es leyenda, y casi nadie lo avisa.
Por eso escribo así.
Así son las cartas
Una historia, de dónde sale, y una idea. Esto es un fragmento de una de ellas:
En una aldea del norte de China vivía un granjero conocido por su serenidad. No era rico. Tampoco era pobre. Tenía una casa sencilla, algunos campos y un caballo que utilizaba para trabajar la tierra.
Una mañana, el caballo escapó. Saltó la cerca y desapareció entre las colinas.
Los vecinos acudieron a la casa del granjero. Intentaban consolarlo. Uno de ellos le dijo: «Qué mala suerte.» El granjero lo miró con calma. «Quizá.»
A los pocos días, el caballo regresó. Pero no volvió solo.
De las cien historias que voy a escribir para esta colección, veintiséis necesitan una advertencia como esta. Las tengo marcadas antes de escribirlas.